De un peregrino que esperó la tarde desde la Garita
La tarde pone cortinas
de púrpura al sol de mi pueblo,
y a sus alcores rocosos
me subo para oír los ecos
del repique y de tambores,
y me siento en los roquedos
que hay sobre un gran barranco,
y vuelvo a oler el romero,
junto al ganado de la era,
y el tomillo a aspirarlo vuelvo…
Más veo desde la garita
toda la vega, y contemplo,
a un pastor canturreando
al compás de los cencerros.
Ya no hay umbrías, ni hay solanas,
pero irradia en el azul inmenso
al pie de la Sierra de Gádor
una Luz que surca el viento;
que al corazón mío, lo abriga,
y al fin venera mi pecho
tras una estampa divina,
tras la que escribí un soneto:
Postrados ante tu Luz, Santo Cristo,
que alumbra a los más necesitados,
nos redimes de todos los pecados
que hasta este verso a ti te han malherido.
Vuelvo en Dalías, descalzo, contigo,
a oler llovizna de jazmines cándidos,
o aquel limonero, sol del patio,
en donde me mecía cuando era niño.
Ah, cuántas veces sobre la hierba
me habré quedado dormido rezándote
bajo un manto colosal de estrellas…
Y al amanecer seguía de ti huellas,
y frente al altar lloré arrepintiéndome
para que tú en la cruz no estuvieras.
© 2003. Pepe Callejón